Carta Blanca Alberto García-Alix PhotoEspaña // Sublime y Heterodoxo

PHotoEspaña da carta blanca al fotógrafo Alberto García-Alix para organizar seis exposiciones.

LA EXALTACIÓN DEL SER. UNA MIRADA HETERODOXA

ALBERTO GARCÍA-ALIX

Parafraseando a Lorca y por explicarme diré que lo sublime no tiene ángel, tiene duende. Desligado de la razón, anida en las tripas y el alma se alimenta. El ser. El sentido de lo único. La emoción como golpe. De ahí que regurgite como sensación o exaltación corpórea donde placer y dolor se dan la mano. Es una vieja idea romántica aún vigente. Desde los griegos posee la idea de lo sublime la virtud de la revelación que nos agita y nos conmueve. Hay en ello algo muy barroco. Encuentro y punto de partida. La emoción y su umbral. La grandeza. El escalofrío. Lo inmensurable.

Miramos aquí también lo heterodoxo, no visto como herejía o disconformidad, sino como obra que habita fuera de normas porque se nutre de lo más íntimo y pasional del autor. El ser. La creación de lo único. En ese horizonte, tenso como una goma que se estira, el trabajo de estos fotógrafos que presentamos en este 20 aniversario de PHotoEspaña toma cuerpo.

En la obra de Paulo Nozolino, la idea pasional de la presencia y su espectro son vistos siempre desde el plano vertical. Un espacio donde la línea frustra el horizonte. Lo adensa y lo pone ante nuestros ojos oscureciendo el detalle. Hay en sus imágenes un todo destruido que nos habla, que nos interroga. Como a fuego lento. La abstracción gana sustancia. Miramos penumbra. La descomposición de un paisaje oprimido. Reverberación de ausencia. El pasado lo habita. Soledad de vacío. Angustia, tragedia y dolor. Quizás Nozolino comenzó mirando el cielo. Un cielo siempre pesado. Sus imágenes parecen salir de sueños. Hoy, con este trabajo, Loaded Shine, sujeta su mirada a lo intemporal de lo que yace en apariencia muerto. Vemos un mundo que se destruye continuamente. Como en esa imagen que muestra una bombilla aislada en silencio, donde la luz es herida; o esa otra que muestra los pies de un burro muerto. Con flash y a mediodía. Una vaporosa y visible idea de muerte nos embarga. El corazón en la mano. Vivimos en decadencia eterna.

La exaltación toma la carne como catapulta de los sentidos. En la obra de Antoine d’Agata, nos convulsiona y agita. Imágenes y textos nos llegan como embates de hierro. Dan sobre nuestra carne y nos provocan. Sentimos vértigo. El desamparo es vital y el miedo constante. Frío o calor. El desencuentro como futuro y el presente lacerando el cuerpo. Antoine lo tortura o lo deconstruye, como si moldeara barro. Lo aprisiona a límites que aniquilan la intimidad más absoluta. Lo pone ante nuestros ojos en un universo de jaula. Como bajo la lona. Sin entorno ni referencias temporales. La obsesión es la atmósfera y lo febril, la luz. Un soplo religioso. La violencia del deseo. Su penitencia. La teatralidad de la revelación. Fantasmagorías. Apariciones. O quizás sean santos postrados ante el altar de los sentidos. El amor y su violencia. Los cuerpos como estigma y dogma. No hay regreso ni salida. Ni bellos sueños. Ni otro camino que la inercia de la caída. Obra sublime. Eleva lo existencial de la angustia. La náusea. El caos. La desazón. De ahí que vomite vacío, lo exhausto de la existencia.

Café Lehmitz, la ópera prima de Anders Petersen, posee magia. Nos atrapa desde que traspasamos la puerta. Nos hipnotiza. La atmósfera es soberana. Anders se adueña del aire. Nos sumerge en vida. Mirada y latido de antropólogo, de naturalista. No juzga. Ni pone a su mirada pretenciosidad, ni artificio. La noche y su viaje. Como el de Céline, con la diferencia de que en los ojos de Anders no cabe ese pesimismo. Es más clemente. No es un cínico. Los quiere, es cómplice. Brinda y baila con ellos. Nos arrastra a seguirlos. Terminamos por conocerlos. Su fotografía les alienta a ser. Él ama a los que nunca se muestran. Los invisibles. Vemos a Escar, un tragasables sin camisa en el trance de meterse en líos. Al fondo, una máquina de discos y música. Vicios de amor. Nos llegan voces. Ramona da, seduce; Gretel pide… La ternura empuja. Comprensión. Los iguales comparten noche y templo. Son penitentes. Los del flagelo y la alegría. Soledad y fracaso. Sublimidad… Café Lehmitz es una obra generosa de humanidad compartida. Un trabajo inolvidable. Hasta provocar las lágrimas. Soy testigo.

Damos también luz a las imágenes que Anders resaltó y marcó sobre las hojas de contacto, de época, con signos, señales y colores. Han perdido aquella primaria intención de resalte y estatus, su lenguaje de Morse, su sentido, pero han ganado el gesto. La huella. La soberbia de la ingenuidad. Su poder. Gráfica y plástica.

Ahora pongamos sonidos negros. Sordina. El espíritu oculto. Disfraz. Voyeurismo. A Pierre Molinier y a su obra los alimenta Eros. Seducido constantemente por el doble o por sí mismo, se trasviste. Se hace el amor. Se posee. Parece una muñeca con la piel de otros cuerpos. Es Pierre. Medias oscuras. Papel pintado. Zapatos. Fetichismo. La profanación y su placer excelso. Estamos ante la obra de un gran fabulador. Un independiente. Un individualista con lo femenino como obsesión y pertenencia. Una mirada heterodoxa y radical que busca en la figuración del deseo su territorio más íntimo de creación. Lo nutre un modernismo gótico. Un darse sin pudor y el narcisismo como espejo multiplicador. No se pone prohibiciones ni censura. Solo es juego. Sexo andrógino. Sin vellosidad. Hermafroditismo simbólico. En sus imágenes le vemos sonreír, con dientes afilados. Hierático y rabioso como si fuera un caníbal, se oculta tras una máscara ornamentada de recortes. Cuerpos entrelazados. Un hombre que escribió y fotografió sobre la cruz ficticia de su tumba el epitafio “Ce fut un homme sans moralite” (“fui un hombre sin moralidad”). Con esta lucidez acepta su causa. No busca gloria ni honores. Se muestra obsceno. Perverso. Como un exhibicionista abriendo su gabardina. “Mise en scène” y luz fría. Un gabinete de curiosidades mórbidas. Misterio, sexualidad, fantasía. De ahí que lo surrealista en su obra sea evidente y lejano al mismo tiempo. Hasta para su muerte, preparada y ejecutada por su propia mano. “Je me tue” (“me mato”), dejó en la nota. Feroz hedonismo e independencia.

La fotografía para Karlheinz Weinberger, mozo de almacén en Zúrich durante más de treinta años, fue la llave de liberación a una vida opaca. Un heterodoxo. Le siento un gran tímido. Sus primeras fotos se publican con el nombre de Jim en la revista de temática homosexual “Der Kreis” (el circulo) a finales de los años cincuenta. Autodidacta, la fotografía le acerca a un mundo que le hechiza: los jóvenes rebeldes. Los nuevos bárbaros. Rockeros, motoristas, amantes o chaperos, su mirada naíf los atrapa. Los infestados de piojos, ¨Verlausten¨, son el primer grupo juvenil que fotografía. Luego, como en el juego de la oca, unos le llevan a otros y todos terminan por pasar por el mítico salón de la casa que habita con su madre. Nunca será uno de ellos, pero está con ellos. No es un hombre osado, más bien un solitario que fotografía de viernes a domingo por fascinación obsesiva un imaginario único de identidades y actitudes. También sus símbolos y medallas. Chaquetas de cuero con sus chalecos y colores. Collares con la cara de Elvis. Cinturones cincelados. Braguetas cosidas de tuercas con tornillo y hasta los falos que ocultan debajo. Esta parte tan voyeur e íntima de su obra tomará con el tiempo espíritu ritual. Durante una década, Alex, uno de sus modelos, acudirá a su casa. Un íntimo y ceremonial encuentro fotográfico que mostramos en una pieza realizada y montada por dos de sus amigos a partir de sus imágenes.

Teresa Margolles toma el manierismo de la muerte y su casquería como semilla expresiva. Hay que decirlo: además de ecléctica creadora, se formó como técnico forense en México. Así empezó. Poniendo ciencia y luz sobre las causas del fallecimiento. El crimen como ventana. Por eso, su obra pone siempre su aliento en la violencia. Lo posa sobre su cruel naturaleza como si la frotara. Crisis y desmembramiento. Política y descomposición. Violencia y muerte. A estas trágicas presencias destructoras saca de su espacio oculto y periférico y las instala con piel y fluidos en el nuestro para que obren y respiren como denuncia y huella. La íntima comprensión de lo terrible se deja sentir. También su furia. Su obra grita al silencio y al trauma de la desaparición y su arbitrariedad. Y por derecho, acusa y enfrenta al poder político con esa realidad de luto y duelo que ha creado y que, además, fomenta. Cuestiona también nuestra comprensión y hasta nuestra sensibilidad farisea. Nos pone en entredicho por no ver ni tomar conciencia ni posición ante la injusticia social o de género y la agresividad que le pertenece. Teresa Margolles conoce bien el tejido de lacras y venenos del sistema y su presencia en la muerte. Como artista utiliza la fotografía, la instalación, la performance y el vídeo para explorar y conceptualizar su irrevocable y violenta presencia. De ahí la sublimidad y lo inquietante y solemne de su trabajo.

Anders Petersen, Pierre Molinier, Antoine d’Agata, Teresa Margolles, Karlheinz Weinberger, Paulo Nozolino, Adam Broomberg y Oliver Chanarin engendran una obra fuera de ortodoxias donde la emoción lo es todo. De su capacidad de transmisión y empatía toma su gran fuerza. Como un chispazo. Una corriente intensa de excitación. Convulsionamos. Nos llenamos de resonancias. La comprensión del universo como último acto. Es ese el gran poder subliminal que tiene el arte. La exaltación del ser.

Por terminar de elevar la idea en torno a lo sublime/heterodoxo, ponemos en pie un laboratorio de creación. Un espacio donde un grupo de creadores invitados interactuarán buscando visibilizar y materializar la subjetividad del concepto. Liderados por Adam Broomberg y Oliver Chanarin, no se ponen reglas ni se marcan caminos; les mueve el deseo de aportar acción y reflexión a nuevas propuestas de edición fotográfica. Lo extrovertido. La epopeya del yo y su conciencia es siempre territorio de creación.

 

 

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